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Cuando el altar es tu cuerpo y la medicina eres tu!

Actualizado: hace 4 días

Aprendizajes del camino de mi propio corazón.


Era mayo de 2013, tenía 34 años y hasta ese momento ni se me había ocurrido buscar ninguna sustancia que me alterara la consciencia.



El año anterior había recibido de las manos de la abuela Mitocuri, en la Maloka del Jardín botánico de Bogotá, la medicina del rapé porque un astrologo me dijo que fuera a buscarla. Ella, me entregó un frasco enorme y me dijo “para que escriba en el computador lo que tiene que decir, usted llama Mujer Fuerte”.


Con la claridad del pensamiento y la apertura del corazón que permite la sagrada medicina del rapé, escribí toda mi tesis de la maestría en psicología clínica, definiendo las categorías de análisis para comprender el método clínico que son los Encuentro de Voces.


También fue posible, gracias al apoyo y la dirección académica de Pilar Hernández, esa noche de mayo, estábamos en Cali, después de una clase que habíamos dado juntos; el Taita Santos Jamioy, Pilar y yo. Todo el día habíamos hablado de lo que implica descolonizar la práctica clínica y ya nos íbamos a dormir. Hasta ese momento, mis búsquedas espirituales y académicas parecían caminos paralelos y equidistantes que transitaba sin alcanzar a ver lo profundamente tejidos que estaban el uno con el otro. Sin esperármelo esa noche fui invitada a una ceremonia de Yage. El Taita Santos me dijo “usted tiene el Yage adentro y no se ha dado cuenta, acuéstese ahí y acompáñenos”.


Después de un rato, sin haber tomado ni una gota de la medicina, empecé a soñar que caminaba en el eje vertical trepando por una liana trenzada hacia arriba, delante de mí iban ellos dos y pregunté: “Taita para dónde vamos?” y el me respondió: “Carolina, ¡cámine y luego pregunta!”.


Muchos años después, entendí que las medicinas de la tierra me llamaron, me encontraron ellas a mí, yo no las busqué. Jamás me acerqué a ellas con una intención recreativa, ni siquiera curativa. Mis búsquedas místicas y espirituales pasaron desde la Iglesia Católica, la tradición Yoguica del Sannyasi, el fuego Maya de los sabios de Guatemala y algunos Inipis sostenidos por hombres de la tradición del Camino Rojo del norte de América, años después tuve el regalo de participar en muchos temazcales corridos por mujeres iniciadas en caminos más sincréticos y mestizos.

Lo mío siempre ha sido rezar, occidental, oriental, ancestral, me da igual, lo que convoca la devoción de mi corazón es la experiencia de unidad con el Misterio, esto es lo que ha guiado mis pasos desde niña.

Tal vez por eso, cuando las medicinas de la tierra van llegando a mi vida, las recibo con un rezo, para mí son el recuerdo de que yo soy el altar, todas han venido a susurrarme que mi vida es el altar y seguramente por eso, me es tan sagrado de quién las recibo y a quién, y cómo se las doy. Porque la comunión que mi alma y mi consciencia experimentan con la Naturaleza bajo el efecto de los enteógenos no empezó con ellos, mi camino espiritual y profesional me llevó a ellos. Entonces, si tuviera que decirlo en una sola frase: las medicinas de la tierra me han ayudado a recordar en colores brillantes algo que mi alma ya sabía. Estoy despierta y soy una en la unidad con Dios que vive en mi. Sin embargo, recién empiezo a entender lo que me dijo el Taita Santos esa noche, ¡lo importante es caminar! mis preguntas no han sido la guía, ni siquiera los lugares de llegada, sólo el pretexto para andar. La guía siempre ha sido la voz de mi corazón, no lo que se pregunta, sino lo que ya sabe, cuando se pregunta lo que se pregunta.


Así fueron llegando las demás medicinas, un par de encuentros más con el Yage, entre 2015 y 2016 y uno más en 2020. El último en 2024 en dónde tampoco tomé, esta vez, porque yo lo decidí. Muy a diferencia de las veces anteriores, esa vez sentí que el espacio relacional y el contexto no eran lo suficientemente seguros para abrirme al vuelo de mi alma y mi consciencia, para mi sorpresa, esa noche gracias a mi NO vi la luz y la fuerza de mis propias alas, me recordé guacamaya y jaguar; recordé la naturaleza de mi conexión intuitiva con el bosque Alto Andino y con la Selva Amazónica. Los Niños Santos ya me lo habían dicho, la vida misma me lo venía diciendo de muchas maneras, pero en ese viaje con el espíritu del Yage, sin una sola gota dentro de mi sistema nervioso, pude integrar lo que significa esa información en mi consciencia y en mi cuerpo.


Entre 2021 y 2025 tuve el honor de ser invitada por y a través de Emilia Larraondo a cinco ceremonias de Peyote; cuatro de ellas, ceremonias de Media Luna, todas absolutamente divinas y ordenadas. Más allá de los regalos que el Peyote me dió en cada una de esas ceremonias, sanándome heridas muy profundas que venía trabajando en psicoterapia y con constelaciones familiares, desde varios años atrás, en cada uno de esos viajes fui uniendo los puntos del paisaje de mi vida, consiguiendo recordar quién soy, de qué estoy hecha y cuál es mi camino. Viendo trabajar a aquellos Taitas, Tios y Marakames, recordé el valor de la pureza y la impecabilidad del corazón para servir como puente entre las medicinas de la tierra y la consciencia humana. A mediados del 2021 empecé a leer sobre el trabajo terapéutico con hongos psilocibios, invitada por mi amigo Rafael García, con el propósito de estudiar para poder hacer un mejor trabajo con nuestros consultantes.

En enero de 2022 tenía una cita con los Niños y las Niñas Santas, yo misma los cultivé, nos acompañó en una ceremonia inspirada en la tradición Mazateca, Alejandro Retamal, quién en ese momento era el compañero de mi amiga Ana María Aschnner y había caminado durante 8 años con el profe Pablo, discípulo de María Apolonia, la hija mayor de la Abuela María Sabina. Allí, entre la primera y la quinta ceremonia se fue abriendo un universo ante mis ojos, después de cada viaje fui reconociendo las conexiones de todos los caminos por donde había transitado y entendiendo que había estado toda mi vida, preparándome para llegar a este tiempo expansivo de mi existencia en la tierra. Desde la tercera ceremonia vi llegar a la Abuela María Sabina quien me dijo: “siéntate derecha mijita, prende un tabáco que te voy a enseñar para que ayudes a la gente”. Tan sólo llevo tres años aprendiendo lo que implica trabajar antes, durante y después de un viaje sanador con los Niñitos, he facilitado hasta ahora 88 ceremonias en esta escuela con las Cositas Santas, desde que empecé a contarlas porque comprendí y sentí la unidad entre mi camino como terapeuta, consteladora, mi propia vida y mi servicio al Gran Espíritu.


Aquí voy, ¡caminando! todavía estoy aprendiendo, y mientras avanzo, honro y agradezco a todos los que van delante de mí y han abierto el camino para que yo pueda hacer lo que hago, bien hecho, incluso a los que me han permitido aprender de lo que no me gustaría verme haciendo. Así mismo, honro y agradezco a todos lo que vienen detrás de mí, porque mi ser o mi práctica les ha inspirado para verse a si mismos. En el amanecer del 25 de noviembre de 2024, Don Carlos Jesús Castillejos celebró una ceremonia de Niños para mí, me acompañaron varias de las personas más importantes de mis vínculos en ese momento y atestiguaron mi matrimonio con el Misterio, asistieron a la celebración de mi compromiso con el plan de mi alma, una vez más, como en tantas vidas atrás, me consagré, pero esta vez, por primera vez a la integración de mi servicio con mi corazón, mi consciencia y mi voluntad. Después de ese día, de manera tan sorpresiva e inesperada como todas la anteriores tuve un encuentro extraordinario con el San Pedro y uno exquisito y sublime con el LSD; ambos llegaron a mi casa, sin que ni siquiera les hubiese llamado, pero cuando les tuve en frente supe que era el momento.

Diría entonces, que caminar me ha ayudado a comprender y sobre todo a sentir la relación entre mi humanidad y los enteógenos como una comunión a través de la cual darme cuenta de mí misma y abrazar mi sombra al reconocer que; pese a tanta santidad y tanto rezo he estado desenfocada, muy cansada, a veces perdida en los proyectos de otros y no en los míos, y distraída con respecto al verdadero plan de mi alma. Gracias a los enteógenos y a los contextos rituales en los que he entrado en comunión con ellos, he conseguido recordar con suavidad y dulzura que el altar es mi cuerpo y la medicina soy yo. Sobre todo, gracias a la integración cotidiana de ver con humildad mis mecanismos evasivos, mis patrones de idealización, los delirios de mi sombra y también la valentía y la nobleza de mi alma. Así es como consigo sostener en mi día a día, poco a poco, todo lo que se ha asentado en mi energía y disfruto ahora el perfume que emana al saber que me conozco a mí misma y me amo y me acepto tal y como soy. Respiro en paz el silencio y la soledad de la vida en la montaña, así como agradezco el regalo de todos los encuentros humanos (virtuales y presenciales). Ahora puedo percibir con claridad que todo me habla, el sol de las seis de la mañana, el viento, la lluvia, cada interacción, cada encuentro, cada mirada, cada abrazo. Todo lo que me rodea es información para verme, asumirme y compartirme en el presente, desde esta nueva y más verdadera versión de mi personaje, voy recalculando poco a poco y cada vez me pierdo menos en el rumbo del camino de mi propio corazón, que me impulsa a seguir caminando con amor, esperanza y alegría sobre esta tierra. Esto fue lo que se acomodó en mi conciencia, cuando me fue revelado que el altar es mi cuerpo y la medicina soy yo. Si esto es así, la vida misma es una ceremonia. Respirar, llorar y reir es un rezo, comer y hacer el amor es una oración.

Así, lo que quiero compartir es que mis propios pasos me enseñaron la profunda diferencia entre una experiencia espiritual y una experiencia terapéutica con enteógenos, son dos cosas muy distintas; no solamente tienen que ver con la preparación, el set, el seting, la cantidad de la sustancia que ingieres y el vínculo o no vínculo con quien te los da, tiene que ver con la conciencia desde donde tu decides vivir esa experiencia y sobre todo con el estadío de tu psique, con el acumulado del trabajo interno y la regulación de tu sistema nervioso. Esto es lo que realmente hace la diferencia que hace la diferencia. He querido resumir así mi camino del corazón en estas búsquedas, sólo para llegar a este párrafo que es el origen del título de este texto.

Al margen de la infinita discusión acerca de la dosis y las propiedades del enteógeno, la medicina eres tú, es la textura de tu alma, eso de lo que estas hecha, es tu camino, tu conciencia. Una ceremonia o cien ceremonias no cambian ni la biografía que elegiste, ni el funcionamiento de tu psique. Sin trabajo personal no hay con que sostener en la vida cotidiana el cielo que tocas durante un viaje con psicodélicos, sin trabajo personal, a veces, ni siquiera hay viaje, aunque tomes grandes cantidades de medicina. Sin un acompañamiento entrenado para la sanación, lo que vives no es sanador en sí mismo. Esto sería como bajar por primera vez a la profundidad del mar, con un equipo de buceo de alta calidad, sóla y sin saber respirar, creyendo que la inmensidad del océano te recibirá con belleza, porque ahí nació la vida en este planeta, igual si no sabes nadar y no sabes respirar y no estas bien acompañada, la experiencia será desastrosa. Por eso las medicinas de la tierra son una bendición, tanto como consigas entrar en comunión con ellas, a través de la buena compañía de alguien que sepa lo que hace y además de cuidarte con amor, te ayude a recordar que: el altar es tu cuerpo y la medicina eres tú!

Aún después de tanto camino con corazón, tanta consciencia y tanta revelación, en 2026 tuve la bendición de encontrarme con Jorge Elizondo y gracias a la solidez y la estructura de su camino y trabajo clínico con las medicinas, conseguí entrar a la profundidad de mi corazón atravesando todos mis decorados planos de conciencia y allí mismo, entrando por la sagrada puerta de mi sistema nervioso, por dónde nunca nadie me había sugerido entrar hasta entonces, encontré mi corazón tan alegre y devoto completamente petrificado de soledad y tristeza. Lo contemplé, lo rescaté, lo calenté, lo arrullé… pero esto tampoco habría sido posible, sin los años de terapia que tengo encima y sin la cantidad de esencias florales que he tomado para armonizar mi alma y mi personalidad.

Los orígenes del congelamiento en el que estaba mi corazón, son asuntos biográficos y transgeneracionales que no vienen al caso y de los que desde luego me hice cargo con todo el amor y la ternura que siento por mí. Lo realmente importante de este testimonio es que, en ese momento, fue donde verdaderamente entendí que no sólo la medicina soy yo; sino que el altar es mi cuerpo. La luz que necesitaba ser encendida era la de mi sistema nervioso. Había algo fundido que no había visto, estaba en mi punto ciego. Pese a tantas velas encendidas en mis altares, tantos fuegos sagrados que mucho bien me han hecho, allí donde no veía que no veía, fui invitada a entrar por la puerta que casi nadie quiere entrar, porque aparentemente no es la puerta principal, ahora sé, que el sistema nervioso es la puerta secreta de la sanación que puedes sostener en la vida cotidiana, porque te permite sentir la coherencia necesaria entre el alma, el cuerpo y la psique.

Y esto es exactamente lo mismo que pasa con un masaje californiano, cuando el cuerpo es tocado de manera terapéutica y en un contexto sagrado. Tal y como he aprendido en los últimos tres años, de la mano de Eduardo Grecco: “el cuerpo grita lo que la conciencia calla”, entonces liberar lo que está atorado en el cuerpo, es darle voz a las memorias que nos habitan, y no sólo están silenciadas, sino que están allí guardadas en el cuerpo, esperando ser honradas, de alguna manera, antes de tener que volverse síntoma.

Cuando asumes que el altar es tu cuerpo y la medicina eres tu, el camino de la sanación no es un asunto propio de la tension salud - enfermedad, sino un asunto de conciencia de ti mism@ en la manera en que cuidas de ti y caminas por la vida.

 
 
 

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